Artículo: Terremoto Haití

Haití: Mi niño por un día

 

11 de marzo de 2010
Marco Jiménez, Puerto Príncipe

Puerto Príncipe está en ruinas. Hay polvo por todas partes. Siete semanas y media después de la tragedia, se tiene la impresión que el terremoto sobrevino ayer. La desolación es como un silencio dentro del silencio. Un vacío. Cierre los ojos y lo sentirá. Sobran palabras.

El Hospital General de la Universidad de Puerto Príncipe, recinto médico en el centro de la ciudad, fue prácticamente destruido. Cuando la escuela de enfermería se derrumbó, había allí 120 estudiantes. Hoy hay cadáveres que no fueron recuperados. El olor de la muerte va y viene en función del viento. Señal insoslayable de que bajo los escombros aun hay gente. Va más allá de lo puramente trágico.

La facultad de pediatría desapareció. El sistema médico de Haití recibió apoyo de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) y otras organizaciones internacionales para seguir funcionando. Frente a los edificios destruidos, tiendas de campaña sirven de salas de cirugía, obstetricia y ortopedia.

Esta tarde vine al hospital con un equipo de televisión para mostrar la ayuda que presta esta labor a los habitantes de Puerto Príncipe. Lo primero que vi fue un grupo de personas en la zona de espera de fuera, parecen indiferentes, cansadas, hartas del propio dolor.

Un niño

Un niño, que al parecer no tiene más de dos años, la edad de mi hija menor, caminaba y gritaba llorando: “¡Mamá, mamááá!”

El niño seguía caminando, llorando, llamando a su madre. Iba solo. No parecía desesperado sino más bien cansado de gritar. Una lágrima asomó en un rincón de sus ojos y casi se derramó por su mejilla derecha. Parece que ya no tiene fuerzas suficientes para gritar. Se dirige a la salida y, según parece, nadie lo atiende.

Noté otras dos cosas en ese niño; la primera, que tenía vendas e toda la cabeza, lo que al parecer le incomodaba, pues trataba de quitárselas. La segunda, que le faltaba el antebrazo derecho. Aguardé unos minutos con la mirada fija en él, pero nadie se le acercó. Terminé por preguntar quién era, pero nadie sabía.

Mi niño

Lo tome en brazos de la misma manera que a mi hijita Telma, cuando llora. Lo puse contra mi pecho, le acaricié la espalda y le susurre al oído: “Sss, sss, todo irá bien.” Se calmó y apoyó su cabeza en mi hombro, como hace Telma, y suave pero firmemente puso su brazo alrededor de mi cuello. Su brazo izquierdo.

Busqué por el hospital a alguien que supiera algo de este niño. Parecía que a nadie la importaba. En algún lado había una enfermera que lo atendía. “No se preocupe”, dice otra, “ya voy”.

Quince minutos después, se me acerca un hombre que dice ser el padre del chico. Le pregunto por la madre del niño y me responde que murió en el terremoto. Cae el silencio.

Superviviente

El padre me cuenta que el niño quedó atrapado bajo los escombros varias horas. Sufrió diversas fracturas en el cráneo y estuvo muy enfermo. Perdió el antebrazo derecho por falta de una apropiada atención médica, al igual que otros miles, y sufrió dolores durante muchos días. Pero sobrevivió y, a pesar de todo, parece bastante fuerte.

Le pregunté otra vez quién era a este hombre que solo habla creole y me volvió a confirmar que era el padre del niño. Creo que en el mejor de los casos sea su abuelo. Se trata de un hombre mayor que, probablemente, parezca más viejo de lo que es. Ha perdido casi todos los dientes y está muy delegado.

Me preocupa que fallezca demasiado pronto como para terminar de criar al niño.

Traté varias veces de entregárselo, pero el niño se negaba. Quería quedarse conmigo. Al final se fue con el hombre e inmediatamente empezó a decir que tenía hambre: “Mangé, mangé.” El hombre me miró y me pidió algo de dinero para comprar de comer. En el hospital no se alimenta a los enfermos. Saqué los siete dólares que llevaba en el bolsillo y se los di.

Hoy, este niño comerá y el hombre también. Me da la impresión que aquí mucha genta come una sola vez por día. Esos siete dólares ofrecen otra oportunidad de sobrevivir. Hoy. Otro día de vida.

No pregunté el nombre del niño. No me atreví. No sé muy bien por qué. Tal vez porque hoy, para mí, este niño representa a todos los niños haitianos. No lo sé. Hoy, este niño fue mi niño.

Estoy escribiendo este artículo en la terraza de un magnífico hotel. Uno de los lugares más emblemáticos de Puerto Príncipe, el Hotel Oloffson, que se parece al Trianon de “Los comediantes”, la famosa novela de Graham Greene. Se encuentra a medio camino de una colina desde donde se ve el puerto y más allá el Caribe.

Siempre pensé que el infierno estaba en algún sitio bajo la tierra. Pero está allí, fluyendo por la superficie, entre esta terraza y el mar.

 

 

 
Niños jugando en una calle de Léogâne, epicentro del terremoto. Casi 80 por ciento de la ciudad fue destruida. (José Manuel Jiménez /FICR)
 
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