13 de septiembre de 2006
Hannu Pesonen, Guatemala
Hay algo un tanto extraño en la forma en que el río Suchiate pasa entre las pequeñas comunidades ribereñas en Tecún Umán, cerca de la costa guatemalteca del Pacífico. El río hace un giro repentino y se adentra profundamente en una zona devastada y abandonada.
“Ahí había un pueblo. Es donde vivíamos. Ahora sólo hay río,” explica Victoria Isabel García.
En octubre del pasado año, cuando el huracán Stan azotó Guatemala a su paso hacia México, la vivienda de Victoria, en la comunidad de Las Delicias, desapareció. El huracán había provocado ya daños considerables en Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, pero Guatemala sufrió daños particularmente graves. En este país, las lluvias torrenciales del huracán Stan provocaron extensas inundaciones y deslizamientos de tierras que se cobraron casi 1.500 víctimas mortales y afectaron a 1,5 millón de personas.
Cuando las impetuosas corrientes del río Suchiate se desbordaron, los habitantes de Las Delicias no pudieron apenas reaccionar. En cuestión de horas, más de mil familias de la comunidad perdieron sus viviendas.
“El río empezó a acercarse a las 8:00 de la mañana y a la una del mediodía se desbordó,” susurra Victoria, mirando al suelo con su bebé Wilmer en brazos. Cuando ocurrió el desastre, estaba embarazada de siete meses.
“Mi marido estaba fuera, trabajando en una plantación de café. Agarré a mi hija Sandri, que entonces tenía un año, y salí corriendo. Logramos escapar en el último momento, pero no pudimos salvar nada."
Su esposo, Emeterio Velásquez, volvió corriendo a casa y se temió lo peor al ver que el río inundaba violentamente el lugar donde había estado su vivienda. Cuando los vecinos le dijeron que Victoria había salido corriendo hacia la iglesia del pueblo, un lugar seguro al estar situada en una loma más elevada que el pueblo, se sintió enormemente aliviado.
La familia recibió ayuda de emergencia de la Cruz Roja Guatemalteca, pero todas sus pertenencias desaparecieron y Emeterio reconoce que echa especialmente de menos los electrodomésticos.
“Somos gente pobre y habíamos trabajado duramente por conseguir lo que teníamos. Ahora no podemos permitirnos reponer lo perdido.”
Han pasado once meses desde el desastre, pero unas 300 familias, incluida la de Emeterio, siguen viviendo en refugios provisionales en un campamento cercano al pueblo desaparecido. A pesar del calor y de disponer de poco espacio, se resisten a trasladarse a otro lugar.
“Recientemente, las autoridades nos han ofrecido una nueva parcela algo más alejada del río, pero todavía nos da miedo trasladarnos. Cuando oímos la palabra huracán, siempre nos acordamos de lo que ocurrió hace un año.”
El hecho de que las temporadas de huracanes en América Central sean cada vez más peligrosas, hace crecer aún más su miedo. La temporada del pasado año, 2005, no había tenido precedentes: 26 tormentas tropicales y 14 huracanes devastaron la región.
Aunque los meteorólogos no esperan que en 2006 los huracanes sean tan destructivos como en 2005, sí predicen que como consecuencia del cambio climático aumentarán a largo plazo la frecuencia y gravedad de los desastres meteorológicos.
“Es verdad que parece que las tormentas son más frecuentes que en el pasado. Y el río también se comporta de distinta manera. Se desborda más fácilmente porque los árboles que estaban aquí y nos protegían han sido talados o se los ha llevado por delante el río,” observa Emeterio.
La Cruz Roja Guatemalteca está dispuesta y preparada para asistir a las víctimas de la temporada de huracanes de 2006. E igual de importante, sus miembros y voluntarios se concentran ahora en desarrollar soluciones para reducir el daño de futuros huracanes. No sólo en Guatemala, sino en toda
América Central, se han puesto en marcha programas de preparación para desastres para que las propias comunidades asuman el mayor grado de responsabilidad posible en las labores prácticas.
También se preparan para futuros desastres las personas desplazadas de la comunidad de Las Delicias. En este sentido, trabajan en grupos a fin de planificar y asumir responsabilidades para los primeros auxilios, las reservas de alimentos para situaciones de emergencia y la posible evacuación de su comunidad.
“Antes del huracán Stan no éramos conscientes de estos asuntos. Ahora tenemos seguras las pertenencias que queremos salvar y disponemos de provisiones. No es mucho, pero es todo lo valioso que tenemos,” comenta Victoria.
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