11 de septiembre de 2006
Por Tatiana Moreno
El miércoles en la madrugada el volcán Tungurahua volvió a rugir. Y Lorena Ocaña (15 años), así como los moradores de Yayulihui, en cantón Quero de Tungurahua, tienen terror al recordarlo.
“Era la madrugada. La tierra comenzó a temblar y los animalitos lloraban. Todo era oscurísimo y no se veía nada. Desesperados con mi hermana, mi papá y mi mamá cogimos unas velas y fuimos a buscar a nuestras vaquitas para ponerles en un corralito de ramas”, recordó con miedo Lorena.
La pequeña prefiere no recordar, mientras los equipos de censos y evaluaciones de la Cruz Roja Ecuatoriana constatan los daños que produjo la ceniza en la zona. En la casa de Lorena el peso de la ceniza destruyó totalmente el techo.
Más daños
Frente al centro de Salud vive Efrén Ricaurte Guevara de 66 años con su esposa Juanita Bonilla de 50. Su pequeña casa de dos metros por uno está hecha de latas y teja. De ella sacaron una pequeña loma de ceniza de casi un metro de altura. “Yo si sé que es peligroso quedarse aquí, pero no tenemos a dónde ir”, comentó Ricaurte a uno de los miembros de la Cruz Roja. José Moreno, uno de los voluntarios constató que al interior de la casa los daños son graves. El cascajo había agujereado el techo. Una cama, una silla y toda la ropa estaba llena de ceniza mientras su refrigeradora estaba sin luz. En el interior de la heladera sólo había una naranja que el anciano le regaló al voluntario en agradecimiento por haber ido ver y palpar lo que esta pareja estaba viviendo. “Ahora que ha visto como está mi casita sólo espero que nos ayuden”, dijo el anciano.
La realidad
Cada vez que esta Institución visita las zonas afectadas los habitantes corren presurosos a darle el encuentro a la ambulancia. “Por favor ayúdennos. Dennos mascarillas. Necesitamos agua. Nuestro animalitos se están muriendo no tienen que comer”, son los pedidos que a veces se vuelven reclamos.
En Yayulihui, así como en otras poblaciones aledañas es sólo la Cruz Roja Ecuatoriana quien llega al lugar. En esta comunidad casi todas las casas son de concreto, y en su mayoría sólo se han visto afectados los techos. Sin embargo la comida y el agua comienzan a escasear, a la vez que el Tungurahua se hace sentir más.
Después de constatar los daños y ver las necesidades más urgentes, los voluntarios de la CRE se disponen a ir hacia otras comunidades. Rumbo a la ambulancia unas voces lejanas comienzan a gritar “¡No se olviden de nosotros! ¡No se olviden de volver!”. |