02 de octubre de 2006
Por Jonny Franco – Comunicación y Difusión
Los pasados días, la Cruz Roja Ecuatoriana reinició la entrega de ayuda humanitaria en varias comunidades afectadas por el volcán Tungurahua. Dicha actividad se detuvo temporalmente por motivos de seguridad; ya que el volcán dio indicios de un nuevo incremento de su actividad. Sin embargo, una vez comprobada la calma se continuó con las acciones humanitarias.
El sábado 30 de septiembre visitamos comunidades de la provincia de Chimborazo, entre ellas Guandando, San José de Sabañag, Cahuaji Alto, Puela y Palitagua.
Las actividades empezaron muy temprano con un grupo de 15 voluntarios. Quienes empezaron presurosos a contar y separar los bultos destinados a cada comunidad. Verificaban las instrucciones dadas y cargaban los bultos hacia los vehículos para empezar las distribuciones.
Las entregas estaban previamente programadas y los habitantes de éstas comunidades esperaban impacientemente la ayuda. En cuanto el líder comunitario nos vió empezó a tocar una campana para convocar a todas las personas de su comunidad. La reunión fue en la cancha central del pueblito. Estas comunidades se encuentran sobre los 3 mil metros, en pleno páramo andino, por lo que el viento y el frío son implacables. Pese a eso la actividad se inició.
El líder del operativo llamaba una a una a las personas por su nombre. Él las conoce porque previamente fueron censadas. los voluntarios explicaban a la gente sobre el contenido de los kits entregados mientras anotaban su recepción en los formatos apropiados. Todo fue realizado rápidamente y sin mayores inconvenientes.
Las caras iniciales de impaciencia se tornaron en felicidad cuando les era entregado un costal blanco y rojo que contenía la ayuda.
Zoila Rosero, moradora de la comunidad Cahuaji, es una mujer mayor que ha vivido mucho y que luce endurecida por el trabajo del campo. Pese a eso, cuando habla le surge una sonrisa fácil. Al recibir su bulto se pone a recordar y comenta: “Nuestros papacitos sabían lo de las erupciones pero nosotros no sabíamos como era.
Cuando hubo la erupción vimos que el volcán primero botó candela y luego ceniza, todo se oscureció y no amanecía rápido. Nuestras pobres casas eran pura ceniza, puro cascajo, una lástima. Llorábamos del susto creyendo que todo se vendría a taparnos.”
Al abrazar su costalito de provisiones le cambia su semblante y se siente más aliviada. “Gracias por acordarse de nuestra comunidad, sobre todo por los guaguas (niños) y por las personas mayores. Dios les pague, Dios les de el cielo.” Luego de eso se despidió arrastrando su costal y perdiéndose en un camino polvoriento.
Luego de algunas horas finalizó la entrega. Los comuneros permanecieron un momento en la cancha del pueblito. Mientras tanto los voluntarios se tomaban un descanso, les cuesta reponerse ya que la altitud les afecta y el aire enrarecido no es suficiente para recuperar el aliento. La espalda les duele por repartir la ayuda, en sus rostros se nota el cansancio y la impaciencia por regresar a casa. Son muchachos que, en lugar de pasar su fin de semana con sus amigos se dedican a ayudar a gente que no conocen. De repente la gente se aglomera a su alrededor y les empiezan a dar las gracias y a estrecharles la mano; este acto espontáneo de gratitud toma por sorpresa a los voluntarios, a quienes el cansancio se ha ido y sienten que todo ha valido la pena.
Finalmente subimos a los vehículos. Termina el operativo y somos despedidos por decenas de manos, manos que saben ellos saben que la emergencia del volcán no ha terminado pero que confían en nuestro compromiso de regresar.
|