7
de junio de 2004
Marko Kokic, Mapou
Era
mi segundo viaje a Mapou, siniestrada por las inundaciones,
donde la Cruz Roja
Haitiana, respaldada por la Federación Internacional,
el CICR y otras Sociedades Nacionales de la Cruz Roja, está al
frente de la operación de socorro.
A diferencia de lo que sucedió en nuestra primera
visita, durante la cual evaluamos la extensión de
los daños y las necesidades más acuciantes
de la población, no se acercaron centenares de habitantes
desesperados a nuestro helicóptero.
Mientras aterrizábamos, veíamos a un grupo
de niños jugando al fútbol con una botella
vacía, pero rápidamente nos dimos cuenta que
nada iba bien. En cuanto bajamos del helicóptero empezamos
a oír gemidos y llantos.
Aquí la muerte se siente en el aire y la aflicción
es tangible. Un pestilente olor de muerte impregna la atmósfera
y los habitantes se cubren la nariz con trozos de lima para
no sentirlo tanto.
“Cuando veo a tanta gente de mi comunidad llorando,
me pongo a llorar yo también”, dice Willy Jeudi,
un adolescente de 14 años.
Nos acercamos a un grupo. Una
mujer llora más que
los demás. El cadáver de su marido fue recuperado
de las aguas y ella y sus familiares tuvieron que cumplir
con la macabra tarea de identificar el cuerpo.
“¿Cómo voy hacer ahora que me quedé sola
con mis siete hijos?”, pregunta desconsolada Edith
Saint-Louis. Sabemos que su caso no es el único.
Narcisse Jean-Baptiste, su marido
es una víctima
más de las que perecieron en las inundaciones y los
deslizamientos de tierra que devastaron grandes zonas de
Haití y la República Dominicana.
Según estimaciones, 2.000
personas murieron en este desastre.
Luego, vamos a la clínica de la Cruz Roja Francesa
y Médicos sin Fronteras. Dos médicos cubanos,
que forman parte del personal, llegaron a Mapou caminando
desde Thiotte, a unos 20 kilómetros, acompañados
por Eddy Alexandre, voluntario de la Cruz Roja Haitiana.
“Sentí que tenía que ayudar a la comunidad
y sabía que sólo se podía llegar hasta
aquí a pie”, explica Eddy.
Los esfuerzos concertados de la
Cruz Roja Haitiana, la Federación,
el CICR, la Cruz Roja Francesa y la Cruz Roja Neerlandesa
nos permitieron percatarnos de la magnitud del desastre y
las necesidades humanitarias de Mapou y sus alrededores.
Cada cual ha aportado su propia
pericia y sus propios recursos: la Cruz Roja Haitiana ha
ido puerta por puerta y un helicóptero
del CICR hizo un reconocimiento aéreo.
Entonces, quedó claro que cuatro pueblos vecinos —Barrois,
Nan Galette, Saint-Michel, Nan Roche— correrán
grave peligro si vuelve a haber lluvias torrenciales. “En
estos cuatro pueblos urgía evacuar”, afirma
Erich Baumman, ingeniero de agua y habitación del
CICR, que formaba parte del equipo de reconocimiento.
Por su parte, la Federación Internacional suministra
materiales para que la gente evacuada de esos pueblos pueda
construir refugios temporales en terrenos más seguros.
Ya hemos enviado por avión 110 botiquines de artículos
de higiene; 150 juegos de cocina; 150 toldos y 300 bidones
y, en breve, despacharemos martillos, machetes, hachas, palas
y carretillas. Un delegado de la Cruz Roja Neerlandesa está en
el terreno para asesorar en la construcción de refugios
temporales.
También preocupa enormemente, la contaminación
de los pozos. Además de abastecer a las comunidades
damnificadas de medios para purificar sus fuentes de agua,
la Cruz Roja supervisa de cerca la salud de la comunidad,
en particular, los casos de enfermedades diarreicas.
Un vuelo sobre la zona siniestrada
revela claramente la amenaza. Se tiene la impresión que la montaña
que rodea Barrois pueda derrumbarse en cualquier momento.
Una enorme grieta, legado de un
deslizamiento mortal, se abre en su flanco. Hay toda una
masa de rocas y escombros
sueltos e ínfimas posibilidades de poder estabilizarlas
e impedir la avalancha con las próximas lluvias torrenciales.
En Saint-Michel sucede algo similar.
Un desprendimiento de tierra abrió una brecha a través de todo
el pueblo y las enormes rocas arrastradas por el río
de barro agravaron la devastación.
Sólo quedaron en pie algunos cultivos de maíz
antes de que el barro fuera a parar al lago que actualmente
rodea Mapou.
“Ya no hay más bosques, nada que dé firmeza
a la tierra, nada que absorba el agua. En algunas montañas
sólo hay rocas y el agua, simplemente, corre hacia
abajo”, explica Baumann y añade:
“Inevitablemente, las próximas lluvias provocarán
más deslizamientos en los flancos de las otras montañas.
Es preciso sacar a la gente de aquí inmediatamente.”
Una de las tareas más macabras que nos tocó fue
recuperar los cadáveres del nuevo lago de Mapou, para
lo cual se utilizó un bote inflable. Se piensa que
en las numerosas casas que quedaron bajo las aguas hay más
cadáveres.
Usando hachas, para abrir boquetes
en los techos, cumplimos esa tétrica misión.
Las aguas, cuyo nivel era tan
alto que desde el bote podíamos
recoger cocos directamente de los cocoteros, estaban llenas
de cadáveres, muchos de ganado que andaba suelto cuando
sobrevinieron las inundaciones; pero, nosotros buscábamos
restos humanos y no nos llevó mucho tiempo encontrarlos.
Esperábamos que esta tarea fuera innecesaria porque
encontrar cadáveres no es gratificante para nadie.
Estábamos abrumados, no sólo por el calor y
el olor, sino también por la sensación de que
estábamos en medio de una enorme tragedia.
Tuvimos que cumplir con la pasmosa
tarea de recuperar los cuerpos hinchados, colocarlos en
las bolsas y transportarlos
a tierra donde esperaban los adultos para identificarlos;
a los niños se les impidió ver esta escena
macabra.
Muchos cadáveres estaban en tan mal estado que era
más fácil identificarlos por la ropa.
Por el momento, los equipos de
la Cruz Roja han rescatado 17 cuerpos de las aguas. Una
vez identificados, fueron enterrados.
De aquellos que no pudieron ser identificados se sacó una
foto antes de enterrarlos y se levantó un registro
del lugar donde se les enterró.
Cuando partimos de Mapou, estábamos exhaustos tanto
física como emocionalmente. La aflicción tuvo
un efecto demoledor en nosotros.
Aun así, nos consuela saber que la Cruz Roja ha sido
una de las primeras organizaciones que acudieron a las zonas
siniestradas para ayudar a las comunidades abatidas, y que
también será una de las que permanecerá allí todo
el tiempo que haga falta. |