17
de Junio 2004
Por Fernando Nuño en Corrientes
“¿Qué horas
son en mi corazón...?”. La música de
Manu Chao suena en un viejo kiosko situado en un cruce de
caminos a 1,020 kilómetros al norte de Buenos Aires. “El
bus no llega hoy. Tenemos que ir andando al comedor”,
dice Nico, de 17 años, a un grupo de jóvenes
del Barrio Esperanza, en las afueras de Corrientes.
Nico es uno de los participantes
en el taller sobre prevención
de VIH/SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual,
que Cruz Roja Argentina organiza esta semana en el barrio
Esperanza. Unas 3,500 personas que bajos recursos viven en
este barrio.
El bus finalmente no llega pero
Nico, aficionado a los refranes, no pierde la sonrisa. “Es mejor viajar lleno de esperanza
que llegar”, dice.
Es la hora del almuerzo en el
comedor público. Un
grupo de niños espera su turno a la sombra de un nogal. “Hoy
hay puré de patata, carne y una naranja”, dice
Carla, una niña de 6 años, que juega con un
plato y un vaso metálicos.
“Los comedores se han convertido en el corazón
de las comunidades. Cualquier actividad debe tener en cuenta
los horarios del comedor”, explica Gabriela Bissero,
comunicadora de Cruz Roja en Corrientes.
Comer caliente una vez al día es una celebración
en muchos barrios de Argentina. Las estadísticas dicen
que 4 millones de niños menores de 14 años
sufren diferentes grados de desnutrición en el país.
Son los principales perjudicados por el deterioro social.
A finales del 2003, el 57% de la población argentina
estaba por debajo de la línea de pobreza, y el 26%
por debajo de la línea de indigencia.
El programa de salud comunitaria
de Cruz Roja en Corrientes incluye también actividades de uso adecuado del agua
y los alimentos, alimentación equilibrada e higiene
familiar. “Una condición para entrar en el comedor
es que cada uno traiga su plato, su vaso y sus manos completamente
limpios”, explica la voluntaria Verónica Pizarello.
Mejorar la comunicación
Cuando Nico y sus amigos llegan
finalmente al comedor, un grupo de niños les recibe sonriendo. Acaban de terminar
de comer y juegan plácidamente al fútbol. Los
voluntarios de Cruz Roja Argentina apuran la limpieza del
recinto para iniciar el taller de prevención del VIH/SIDA.
“El objetivo es que los asistentes cuiden su salud
sexual. Ser capaces de reconocer las formas de transmisión
del VIH y otras ETS, y utilicen correctamente el preservativo”,
explica José María Dibello, coordinador nacional
de lucha contra el sida de Cruz Roja Argentina.
Los talleres también consiguen que los jóvenes
hablen abiertamente de sus problemas. “Nos dimos cuenta
de que antes de hablar sobre el sida, muchos chicos necesitaban
hablar de su cuerpo, y romper tabúes. El principal
logro del taller, junto a la prevención, es que ahora
los chicos se reúnen con los amigos, comparten mate
(té típico de Argentina) y crean un espacio
de libertad para hablar”, explica la voluntaria Griselda
Oria.
Según datos del Ministerio de Salud, unas 27,000
personas viven con el VIH en Argentina. “Muchos nuevos
casos corresponden a varones que transmiten el virus a mujeres
jóvenes. La tendencia del último año
en Argentina demuestran que la trasmisión del VIH
afecta cada vez más a mujeres jóvenes y pobres”,
añade Dibello.
Cruz Roja, con el apoyo del Fondo
Global de Lucha contra el Sida de Naciones Unidas, ha iniciado
un programa de prevención
con 144,000 personas en 15 comunidades vulnerables de 10
provincias. Esta semana, las voluntarias Verónica
y Gabriela imparten el taller en Barrio Esperanza.
Nico sale contento de la reunión. Aprovecha las últimas
horas del día para jugar al fútbol con sus
amigos. El fútbol y el voleibol son dos de las actividades
organizadas por voluntarios de Cruz Roja para disminuir los índices
de violencia infantil y juvenil en el barrio.
El grupo de jóvenes mira de reojo a la carretera,
por si aparece el bus de regreso. “La esperanza es
lo último que se pierde”, dice Nico. En el barrio
Esperanza de Corrientes, este dicho parece adquirir toda
su dimensión. |